Una vez adentro comienzo a examinar el lugar. Todo parece en orden: chicas con pronunciado maquillaje y trajes provocativos, chicos con sus “abercrombies” y tragos en la mano que se mueven al ritmo de la música electrónica y al compás de ese sentido de superioridad contagiosa que resulta de estar dentro y no afuera, “bateado”.
Necesito buscar la historia y tengo emociones encontradas. No deja de ser emocionante tener que ir "de incógnito" a explorar las actitudes de la gente en relación a la discriminación y el racismo, pero no me deja de dar bronca tener que ir a buscarlas a una discoteca.
Lo mío son bares y pubs, lo confieso. Tal vez por eso voy predispuesto y con ganas de que me nieguen la entrada al Hipa-Hipa, antro que además es célebre por sus estrictas leyes de admisión. Por un lado eso me ahorraría las horas de música estruendosa. Pero así también podría escribir esta crónica desde un ángulo más honesto y genuino.
Cuando llego la entrada está vacía, y así el portero puede observarme desde lejos. Se atreverá a impedirle la entrada a un negro después de todo el escándalo de los últimos días? Se habría atrevido hace dos semanas? Camino hacia el portal y me dispongo a pagar los cien córdobas para poder entrar. Me sellan el brazo derecho y para adentro. Primera prueba superada.

Una vez adentro comienzo a examinar el lugar. Todo parece en orden: chicas con pronunciado maquillaje y trajes provocativos, chicos con sus “abercrombies” y tragos en la mano que se mueven al ritmo de la música electrónica y al compás de ese sentido de superioridad contagiosa que resulta de estar dentro y no afuera, “bateado”.
Me aproximo a la barra y noto que algunos ven de reojo a la persona de color abrirse paso entre la multitud para pedir un trago. Pero me saco del bolsillo un billete de 500 córdobas y confiando en el status que me presta por un momento ese billete rojo, lo agito y le grito al barman ¡UNA TOÑA!
No me atiende de inmediato pero no me lo tomo como algo personal. Después de todo, yo también le daría prioridad a esas dos muchachas, tan guapas, que parecen estar decididas a que la noche se les haga corta y la resaca pronta.
Ya con la cerveza en mano recorro el lugar con la mirada. A estas alturas está claro que el que está incómodo por mi presencia en el local...soy yo mismo. Me siento desubicado, la música alta me aturde, la falta de espacio me sofoca y recuerdo una vez más porque odio las discotecas. Necesito aire.
La terraza de Hipa es un espacio destechado en el ala este del local, con mesas altas para poner los tragos mientras se está de pie. Ahí encuentro el aire que necesito y también ofrece mejores condiciones para mi tarea. La música queda atrapada dentro del espacio cerrado y afuera parece ser más fácil, o menos difícil, captar opiniones acerca de los prejuicios y las políticas de admisión.
Y ya estoy aquí, me digo, bien podría conocer un par de muchachas bonitas mientras cumplo mis objetivos. Así que decido que mis primeras cuestionadas serán mujeres. Con los codos recostados en el borde de la terraza diviso, a mis ocho en punto, a dos jovencitas muy risueñas y alegres. Conversan efusivamente mientras gritan y se carcajean, por lo que espero unos tres minutos para hacer mi entrada.
Hasta este punto no he pensado en cómo comenzar mis preguntas, ni qué estrategia usar para acercarme, por lo que luego de meditar unos segundos decido ser directo. “Qué tal? Les puedo hacer unas preguntas para un reportaje que estoy escribiendo?”, pregunto sin rodeos y sonriente, tirando mi anonimato por la ventana.
“Claro”, contesta la más alta, una muchacha blanca de cabello negro y una pava muy elegante que al morir en sus cejas deja al descubierto dos ojos grandes y expresivos. “Sólo va tomar un minuto” les digo mientras alcanzo un cigarro y le pido fuego a la otra muchacha. Bajita, de cuerpo menudo pero proporcionado, pelo rubio y penetrantes ojos verdes.
Después de una breve introducción, Luisa (la bajita) y Andrea (la alta) luchan por la palabra y se interrumpe una a la otra. Y, de repente, la dizque entrevista se convierte más bien en un amena charla donde cada quien expone sus puntos de vista y apreciaciones.
“No estoy de acuerdo con muchas de esas políticas, pero entiendo por qué lo hacen”, dice Luisa, quien sostiene que se debe a que cada dueño trata de mantener la integridad de sus clientes.
“No quisiera encontrarme en un lugar a alguien que me haga sentir insegura y esté acosando”, opina.
Andrea en cambio lo ve de otra manera. “En Estados Unidos a vos te niegan la entrada si no vas con mujeres o si tu ropa no es original ni a la moda. Aquí es diferente, si sos blanco ojos claros podes entrar como querrás donde sea”, dice mientras percibo un leve intento de opacar a su amiga y hacerla quedar como una “fresona” insensata.
Andrea propone que cada establecimiento tenga letreros con las políticas de admisión. Este es un compromiso que, a raíz de la polémica suscitada por el caso del Chamán y las acusaciones de discriminación en contra de varios establecimientos, ya han anunciado varios dueños de locales - entre ellos el Hipa-Hipa. ¿Por cuánto tiempo los respetarán?
Seguimos conversando pero después de haber ganado la confianza con Andrea y Luisa necesito encontrar opiniones más radicales, por lo que decido de una vez hablar con el mismísimo portero.
La entrada está como cuando llegué: vacía. El portero, un sujeto de cuerpo ancho, cara redonda y exceso de gelatina en el pelo, conversa con un muchacho gordo, bajito y una barba con días sin afeitar.

Me acerco como si hubiese bebido unas cinco cervezas y la lengua se me rebelara a lo que le ordena el cerebro. Esta vez sin presentarme, ni advertir que estoy escribiendo un reportaje, inicio una plática preguntando por las tarimas y luces regadas por el parqueo. Luego de romper el hielo dejo caer la bomba. Y casi sin darme cuenta ya estoy consiguiendo opiniones del portero y su acompañante.
“El dueño no me dice que no deje entrar “indios” ni “pichelas”, solo que me fije como van vestidos, y que yo vea quien se mira que puede entrar y quien no”, dice el portero.
Más que raza, el criterio determinante en este caso parece ser clase social, aunque los dos tipos de la puerta parecen compartir cierta predisposición hacia las personas de piel oscura o tez poco delicada. Y, ciertamente, sus prejuicios sobre las mujeres también informan sus decisiones en lo que a permitir o negar la entrada se refiere.
“A mí no me gustaría venir un día y encontrarme a la hija de la empleada”, dice el muchacho de baja estatura. “Los hombres somos los que pagamos casi siempre y las mujeres que queremos encontrar tienen que verse bien y de buena vida”, explica.
No consigo obtener el nombre de ninguno de los dos, pero después de quince minutos de conversación, queda claro que ambos asumen que la claves del éxito es dejar entrar mujeres que atraigan a los hombres, y hombres que no espanten a las mujeres.
Desde esta perspectiva, todo es parte de una estrategia de negocios. Una estrategia que refleja y refuerza los prejuicios que ya existen en la sociedad.
Por eso, si sos de los que va sólo a los lugares a donde va "gente como uno" o de los de pronto dejó de ir a algún antro "porque ahora dejan entrar a cualquier tipo de gente", tal vez no seas tan inocente como crees en toda esta discusión.
Crónica de una noche en el Chamán
Crónica de una noche en Caribean Jubile
También puede leer:
Una entrevista con Michael Campbell: "El racismo está enraizado en la sociedad nicaragüense"
Y una nota sobre el lenguaje racista y clasista que utilizamos:
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