Aquí todo es movimiento. El costeño de short y camiseta de la barra –que se llama John— baila, baja y se pega al trasero de la joven a la que temprano parecía asfixiar a besos y sigue moviéndose con los ojos cerrados. Mi compañera de baile se mueve tanto que hasta parece que se va a quebrar, da vuelta, se aleja, regresa, levanta los brazos. Junto a nosotros baila un chele, algo rellenito, a quien no le importa bailar mal.
Llevo dos horas sentado en la barra. Me he tomado algunas cervezas y fumado varios cigarrillos. Y esta morena delgadísima, que tiene las medidas que piden para poder participar en Miss Nicaragua, y que contonea su cuerpo cerveza en mano al compás de la música soca, me tiene nervioso. Finjo que no la miro mientras tomo notas en mi libreta, pero la verdad es que está demasiado cerca.
Es la primera vez que vengo al Caribbean Jubilee. En realidad soy más de bares que de discos, tal vez porque soy un pésimo bailarín. Pero consulté con varias personas antes de venir y mi hermana - una experta en estos asuntos - me dijo que esta era el lugar perfecto para este reportaje. En Managua existen varios locales "costeños". Estoy aquí para explorar ese ambiente y ver como se comportan en materia de discriminación y diversidad.
Por lo pronto está claro que en el Jubilee la vestimenta no debe ser causal de discriminación. Por lo menos no a juzgar por el portero, quien viste un pantalón corto hasta abajo de las rodillas y una camisola de basquetbol de Shaquille ONeal. El precio de la entrada tampoco es una barrera insuperable. Veinte córdobas cuesta la entrada. Mi origen étnico tampoco representa un problema. Simplemente llegué, pagué y entré. Pero, ¿cuántos "spaniards" - como nos dicen en la Costa a los habitantes del pacífico - acostumbrarán venir aquí?
Cuando llego, a las 9:10 p.m., todavía es demasiado temprano para saberlo. El lugar aún está medio vacío. Pero en la barra un costeño que también viste de short y camiseta abraza y besa a una joven morena, que sin embargo no parece provenir del atlántico. A veces hasta parece asfixiarla, pero ella se mira contenta. 1-0 para la integración.
¿Se llena esto? le pregunto a la joven que me trae la cerveza que cabo de ordenar y me responde que sí, que ahorita es muy temprano, que las 11 se pone a “reventar”.
Bebo y observo, pregunto y me presento, y después de un rato alguien pone las manos en mi hombro. “¿Cómo te están tratando?” me pregunta. "Como Rey" respondo. “Soy Benito Lampson, uno de los dueños de aquí y espero que ya hayas confirmado que aquí no se discrimina a nadie, aquí viene la gente como quiere, con la ropa que se le antoje y no le negamos la entrada” me dice.
Sabe que soy periodista porque le pedí a la muchacha de la barra poder hablar con él.
"¿Cuál es su política de admisión?" le pregunto. “No dejamos entrar a borrachos, personas que son problemáticas, que sabemos que buscan pleitos y a aquellos que sospechamos que venden drogas” explica.
“Aquí vienen mujeres lindas que les gusta bailar y que son sanas, mire esa que va ahí” dice Lampson, mientras señala a la morena que pasa junto a nosotros y se sienta a mi derecha en la barra. No tiene más de 20 años y su cuerpo parece de guitarra. Pide una cerveza, se baja de la banca, y comienza a moverse.
Lampson por fin me deja solo, le dice algo en el oído a la morena y se va a conversar con otros clientes. Ella tiene ganas de bailar, se nota por como se mueve. Yo, no me atrevo. Pero después de dos o tres canciones, es ella la que me invita a la pista y yo no puedo decirle que no.
Aquí todo es movimiento. El costeño de short y camiseta de la barra –que se llama John— baila, baja y se pega al trasero de la joven a la que temprano parecía asfixiar a besos y sigue moviéndose con los ojos cerrados. Mi compañera de baile se mueve tanto que hasta parece que se va a quebrar, da vuelta, se aleja, regresa, levanta los brazos. Junto a nosotros baila un chele, algo rellenito a quien no le importa bailar mal. Él se divierte. Yo también me muevo torpemente, al ritmo de ese reggaeton que suena hasta reventar los tímpanos, esperando que las luces de la pista disimulen un poco mi falta de movilidad. Lampson está de pie a un lado de la pista. Me mira. Se ríe.
El chele es un arquitecto que prefiere no dar su nombre, "porque este es el lugar al que vengo para escaparme de mi círculo habitual, no lo quiero quemar". Asegura jamás haber sido discriminado en Caribbean Jubilee.
“Cada que puedo vengo, cuando me escapo. Esta es mi discoteca, me gusta el ambiente, la música, la gente que viene”, dice este hombre de 40 años, fanático de la soca y los ritmos caribeños.
El reggaeton termina y vuelvo a la barra con la morena. Se llama Sthepanie Smith es de Bluefields, pero desde los siete años vive en Managua. Estudia Turismo y Hotelería en una universidad privada y es cliente fijo de esta discoteca.
“Este es un lugar donde el pueblo costeño puede venir a encontrarse con sus raíces”, dice el cantante Phillip Montalván, que en ese momento se acerca a la barra. "Pero también vienen bastantes blancos" le hago notar. “Porque les gusta nuestro ambiente, nuestra música, la cultura y porque los tratamos bien. Nunca los hemos discriminado” afirma.
Jessica Lovo, una joven de 22 años, lo confirma. Aquí se siente a gusto y viene porque le encanta la música que suenan.
Faltan unos minutos para las 12 de la noche y yo, como la cenicienta, tengo que irme. A estas alturas la pista está llena y no hay una mesa disponible en el local. Me despido de Smith –la morena que me hizo bailar- y le pregunto qué fue lo que le dijo Lampson al oído. “Me dijo sacá a bailar a ese pelón periodista que no sabe bailar” me dice. Y se ríe.
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