Tabú parece estar llena de víctimas de discriminación, no por raza ni clase, sino por orientación sexual. Todos parecen tener alguna historia que contar. “En el trabajo te dicen que no mostrés lo que sos, que no lo digás. Pero al final todos somos personas”.
R. Salinas y K.W. Stephenson
La entrada está vacía, a pesar que ya casi son las diez de la noche. En un rincón oscuro cercano al local, un grupo de jóvenes conversa y se ríe. Nosotros también vamos en grupo porque - ¿por qué no confesarlo? - estamos algo nerviosos.
“¿Cuánto cuesta fiera?”, preguntamos. “Son 50 la entrada” es la respuesta. Pagamos y el portero continúa platicando con un tipo que está sentado en una camioneta. De la puerta sale un hombre gordo, de tez morena y el pelo peinado hacia atrás y fijado con brillante gel. “Aquí no se permiten cochones” nos dice y las risas explotan detrás de nosotros.
Son los mismos jóvenes que hace un rato se reían en un rincón oscuro y que ahora están a nuestras espaldas, en las muñecas las pulseras moradas que dan constancia que ya pagaron la entrada al local. Pero está claro que es una broma. Después de todo esto es "Tabú", una de las principales discotecas gay de Managua.

Como todas las discos es oscura, pero aquí el aire acondicionado parece estar puesto a la máxima potencia, así que adentro no hace calor sino todo lo contrario. Tal vez ayuda el hecho que hay poca gente, unas 40 personas. La mayoría en la pista de baile de dos niveles. En la parte superior baila, solitaria, una pareja de hombres. El infaltable reggaeton hace tambalear sus cuerpos que se reflejan en los espejos de las paredes. En el nivel inferior bailan las demás parejas. Entre todos los danzantes sólo hay una pareja conformada por un hombre y una mujer.
El ruido dificulta realizar una entrevista, entonces decidimos irnos a la parte de arriba donde existe un karaoke. Un hombre gordo, con camisa sport de rayas blancas y azules canta “Amargo adiós” de Inspector. “Sé que es tarde ya, para pedir perdón” entona, con los ojos cerrados y sin desafinar. La luz es azul y toda la decoración es de este color. Globos de corazones rojos se amontonan en el techo. Acá hay tal vez otras 30 personas.
Nos acercamos a una mesa donde conversan dos muchachos. Nos presentamos y uno de ellos accede a la entrevista, pero pide no publicar su nombre.
“Los locales tienen todo el derecho a reservarse la admisión de sus clientes, pero la verdad es que los porteros te encajan cualquier pretexto” dice. El joven oscila entre los 20 y los 25 años. Es de piel morena y el pelo corto, con una camisa blanca tipo sport. Su acompañante canta “La puerta negra” y su voz aguda dificulta un poco escuchar.
“Todos los locales tienen sus políticas y hay que respetarlas, pero en lo que respecta a mí, nunca me han negado la entrada a ningún local” presume. Sin embargo este joven reconoce que no ha sido más de una vez que las miradas se han posado sobre él, producto del estigma social contra los homosexuales. “Si ven que te vestís socado, ya te quedan viendo mal. Son pocos los lugares donde yo puedo estar tranquilo a como quiero” dice, explicando en una frase la razón de ser de discotecas "especializadas" como Tabú.
Bajamos de nuevo a la discoteca para inspeccionar el ambiente y realizar otras entrevistas. Hay un poco más de gente y a la pista se han sumado más personas, destacando dos hombres fuertes en camisola que bailan juntos, y que bien podrían ser instructores de algún gimnasio capitalino. En un rincón bastante oscuro, en las mesas hay una pareja de mujeres.
"Esta es una sociedad egoísta e hipócrita. No aceptamos nuestras diferencias a pesar de que todos somos diferentes” dice una de ellas, que también se muestra renuente a decir su nombre. Lleva el pelo rizado atado en una cola, y parece tener un poco más de 30 años de edad.
Tabú parece estar llena de víctimas de discriminación, no por raza ni clase, sino por orientación sexual. Todos parecen tener alguna historia que contar. “En el trabajo te dicen que no mostrés lo que sos, que no lo digás. Pero al final todos somos personas” cuenta la entrevistada.
Su compañera dice llamarse Rosy y parece un poco molesta por nuestra presencia y no quiere hablar. Pero su pareja es un poco más afable y continúa hablando. Para ella el problema va incluso más allá.
“Al parecer se nos enseña a sentir vergüenza por nosotros mismos” dice dejando el tema de la sexualidad atrás. “Si estás en otro país, como EEUU, hasta te da pena decir que sos nicaragüense, te avergüenza admitir tu origen. Nos despreciamos a nosotros mismos” dice.
Pero ¿acaso no habrá solución a esta negación de origen y a la discriminación que existe en nuestra sociedad? “Yo no le miro solución, porque si unos quieren, hay otros que no”, concluye.
¿Y hay discriminación en lugares como Tabú? “Ningún gay te va a discriminar por ser heterosexual. Existe todo lo contrario, mientras más aparentés no ser gay, menos te van a discriminar” explica Silvio, un profesor universitario de treinta años.
Pero tanto Tabú como Q, otra discoteca gay, también manejan políticas de admisión que no permiten la entrada a quienes no cumplen con ciertos parámetros.
“En Q, por ejemplo, va sobre todo gente con ropa de marca y una buena posición social. Pero tampoco dejan entrar travestis o transexuales. En Tabú es más abierta la política” dice Silvio, para quien resulta irónico que dentro de la misma comunidad gay haya más apertura hacia los heterosexuales que a los propios homosexuales.
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