La dimensión química es apenas una de las cuatro variables que integran la "fórmula del amor"
Con el objetivo de garantizar el cumplimiento de las funciones necesarias para sobrevivir y multiplicarnos, en nuestro cerebro funciona un sistema de recompensas que conecta ciertos comportamientos o actividades esenciales con sensaciones de bienestar.

El sexo, por ejemplo, ayuda a liberar en nuestro cerebro un químico llamado dopamina, que estimula las áreas vinculadas al placer.
Sin embargo, cuando estamos enamorados, nuestro organismo no sólo libera dopamina, sino también grandes cantidades de oxitocina y vasopresina.
Estos dos neurotransmisores complementan la atracción sexual con sentimientos de apego, ternura, cariño y ese sentido de posesión que todos los enamorados sabrán reconocer.
La oxitocina, por ejemplo, también es generada en abundantes cantidades durante el parto y el amamantamiento, lo que ayuda a estrechar los lazos afectivos entre madres e hijos.
La vasopirina, por su parte, parece potenciar la unión a la pareja, la agresión a los rivales y los instintos paternales.
Lo que llamamos amor sería, en buena medida, el resultado de ese cóctel hormonal.
Pero no todos los humanos responden de la misma manera a estos neurotransmisores.
Pequeñas mutaciones genéticas, por ejemplo, pueden afectar tanto el nivel de producción como la respuesta del cuerpo a estas hormonas. Y factores "externos" también influyen en la capacidad de amar.
De hecho, para el divulgador científico español Eduard Punset, la dimensión química es apenas una de las cuatro variables que integran su "fórmula del amor".
El desarrollo de las capacidades amatorias también está condicionado por nuestra propia crianza y experiencias. Estas, y particularmente lo que vivimos en los primeros años de vida, nos hacen más o menos abiertos, más o menos receptivos, más o menos capaces de sentir apego personal.
De la misma manera, el tiempo y esfuerzo que estemos dispuestos a dedicarle a una relación de pareja - lo que Punset llama "inversión parental" o "inversión familia" - tambien cuenta.
Y las expectativas sociales y patrones culturales también pesan.
Por eso, para Punset la fórmula del amor es A= (a+i+x)K
Es decir: Amor = (apego personal + inversión parental o familiar + sexualidad) x influencia del entorno.
Por si acaso ya no era lo suficientemente complicado.
Una historia de ratones
Buena parte de lo que los científicos han averiguado acerca de la química del amor se debe a los ratoncitos o topillos de pradera (prairie voles), una de las pocas especies de mamíferos que práctica la monogamia en estado natural.
Para estos ratoncitos, el cortejo es un trabajo de 24 horas al día. Y una vez que encuentran pareja, es para siempre. Según un artículo publicado en The Economist en el 2004, una vez "arrejuntados", estos roedores prefieren pasar el tiempo juntos, mimándose mutuamente por horas y no buscan otras parejas. Los machos protegen agresivamente a las hembras y cuando les llega el turno son padres afectuosos y atentos.
Curiosamente, su coportamiento no podría ser más diferente que el de sus parientes, los ratoncitos o topillos de montaña (montane voles), quienes no muestran ningún interés en formar parejas más allá de una que otra "aventura fugaz". Y esto a pesar que desde un punto de vista genético las dos especies son idénticas en un 99%.
¿Qué explica la diferencia? Durante el acto sexual los ratoncillos de pradera liberan oxitocina y vasopirina. Y las investigaciones del profesor Larry Younge, de la Universidad de Emory demuestran que cuando su capacidad para producir estas hormonas se ve bloqueada, el sexo también se vuelve para ellos un acto casual, como para sus primos de montaña.
Por otra parte, si se les impide tener sexo pero se les inyectan las hormonas, los roedores también se terminan "enamorando".
Sin embargo, la misma inyección no causa el mismo efecto en los ratoncillos de montaña. Y es que sus receptores de oxitocina y vasopirina están ubicados en un lado diferente del cerebro, y no en las regiones asociadas con la recompensa y el refuerzo de actitudes como en el caso de sus primos de la pradera.
Con esta información en mano, los científicos se han dedicado a rastrear el funcionamiento de estos neurotransmisores en el cerebro humano. Y sus descubrimientos sobre la química del amor podrían eventualmente servir para diseñar "pócimas de amor" verdaderamente efectivas. O tal vez, como pide el columnista del New York Times, John Tierney, una vacuna contra el amor.
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